Tras la primera vuelta del 4 de octubre, el panorama para Lula era adverso: Flávio Bolsonaro lo superó con 47,03% de los votos válidos frente a 45,16%. Veinte días después, el 25 de octubre, el TSE anunció la reelección de Lula con 64.256.232 votos, el 51,79% de los válidos, contra 59.826.041 de Flávio, el 48,21%. Desde la redemocratización, ningún candidato que perdió la primera vuelta había logrado darle la vuelta en la segunda.
Hace unos días advertí en Juego Político que la clave estaría en los abstencionistas. Los datos lo respaldan: la abstención bajó de 21,08% a 19,2%, unos tres millones de ausentes menos, de 33 a 30 millones. Pero la historia es más compleja. Lula sumó 10,3 millones de votos entre una vuelta y otra; Flávio, 3,7 millones. Los votos válidos crecieron en unos cinco millones, de 119 a 124 millones. La mayor participación explica una parte del salto, pero el resto vino de votantes que en la primera vuelta eligieron otras opciones entre 12 candidaturas. La remontada fue, a la vez, movilización de ausentes y persuasión de indecisos.
En la primera vuelta, el contenido de Lula enfrentó un cerco algorítmico que limitó su alcance, algo que Meta reconoció de soslayo en un comunicado que negaba preferencias políticas pero admitía fallos y errores en las cuentas del presidente. La respuesta fue una ofensiva digital agresiva. El diputado André Janones, entre otros, impulsó el canal de WhatsApp «Ejército de Lula», lanzado el 5 de octubre, apenas un día después de la primera vuelta. Llegó a los 10 millones de seguidores y funcionó como plataforma para difundir y replicar las narrativas de la campaña del PT y de su líder, sin depender de los algoritmos que lo habían invisibilizado. A ello se sumó el respaldo activo de celebridades, que amplificó el mensaje hacia públicos menos politizados.
Los debates fueron el segundo gran motor, sobre todo por su capacidad de generar reels y contenido corto que inundó las redes. Dos momentos fueron decisivos. El primero, cuando Bolsonaro lo acusó de que la mayoría de los presos votaba por él. La respuesta de Lula fue inmediata y memorable: «Yo quiero que vote el 100% por mí, hasta tu papá. Él sabe que soy mejor que tú». Una frase perfecta para el formato corto: breve, con humor y con una estocada política.
El segundo, cuando Bolsonaro se burló del presidente con el gesto de los «nueve dedos», en alusión a la lesión de Lula. Lula exigió disculpas, pero hizo algo más importante: convirtió el agravio en un mensaje cargado de emoción dirigido a las masas trabajadoras, a quienes conoce y a quienes habla desde su propia historia de vida.
Ninguna estrategia digital funciona sin un candidato creíble. A sus 80 años, Lula nunca soltó la calle: el abrazo directo al pueblo sostuvo la narrativa que las redes multiplicaron. Lo digital amplificó lo que ya ocurría en el territorio; no lo sustituyó.
La lección de esta victoria es que el triunfo electoral está íntimamente ligado a la emoción. Las redes, el algoritmo y los datos son herramientas, pero lo que moviliza a un abstencionista es sentirse interpelado, respetado y parte de algo. Lula usó contra el cerco digital las mismas herramientas que intentaron anularlo, y lo hizo con un mensaje que apeló al orgullo, a la dignidad y a la identidad de quienes trabajan. Queda una enseñanza para toda la región: en política, la comunicación digital importa, pero quien conecta emocionalmente con la gente es quien gana.

